2026-03-24

De la desesperación a la lucha colectiva: el legado de Madres y Abuelas

Lo que comenzó como un reclamo desesperado en 1977 se convirtió en un movimiento histórico que aún busca a más de 300 nietos apropiados durante la dictadura.

El 28 de abril de 1977 marcó un antes y un después en la historia argentina. En plena dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla, un grupo de mujeres se reunió por primera vez en la Plaza de Mayo para exigir la aparición con vida de sus hijos secuestrados. Sin saberlo, estaban dando origen a una de las luchas por los derechos humanos más emblemáticas del mundo: la de las Madres de Plaza de Mayo y, poco después, la de las Abuelas de Plaza de Mayo.

Bajo el estado de sitio impuesto por la dictadura, las fuerzas de seguridad les prohibieron permanecer detenidas en la plaza. “Circulen”, les ordenaron. Así nació la histórica ronda alrededor de la Pirámide de Mayo, una forma de resistencia silenciosa pero contundente que, con el tiempo, se transformó en símbolo internacional. Cada jueves a las 15:30, aquellas mujeres caminaron en sentido antihorario desafiando la represión y el miedo.

Un registro audiovisual de la televisión pública neerlandesa capturó ese momento fundacional. Las cámaras extranjeras, llegadas al país en la antesala del Mundial de 1978, permitieron romper el cerco informativo impuesto por la censura local. Frente a los micrófonos, figuras como Hebe de Bonafini y Marta Vásquez alzaron la voz: “Queremos saber dónde están nuestros hijos, nada más”.

La desesperación se transformó en acción colectiva. “Ya no sabemos a quién recurrir”, decían tras haber golpeado sin respuestas las puertas de ministerios, embajadas e iglesias. La dictadura intentó desacreditarlas llamándolas “las locas de la Plaza”, pero ese estigma fue resignificado en coraje. Con pañuelos blancos —hechos con pañales de tela de sus hijos— comenzaron a reconocerse entre ellas y a construir una identidad común que trascendió fronteras.

El impacto internacional fue inmediato. Las imágenes difundidas en Europa y Estados Unidos generaron una creciente presión diplomática contra el régimen. Por primera vez, la prensa extranjera comenzó a hablar de “desaparecidos” sin eufemismos, quebrando la narrativa oficial de “paz social”.

Aquellas primeras rondas se desarrollaban en un contexto de extrema peligrosidad. Centros clandestinos como la ESMA ya funcionaban a plena capacidad, mientras las mujeres denunciaban que sus hijos “no eran delincuentes, sino trabajadores y estudiantes”. Pese a la vigilancia constante y el riesgo de detención, lograron organizarse con estrategias que les permitían evitar la represión, como reunirse de forma rotativa y rodear rápidamente a los corresponsales extranjeros.

Meses después, entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, la represión golpeó de lleno al movimiento naciente. En la Iglesia de la Santa Cruz fueron secuestradas tres de sus fundadoras: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Ponce de Bianco, en un operativo comandado por Alfredo Astiz. Lejos de frenar la lucha, estos crímenes reforzaron el compromiso de las Madres y dieron impulso a la conformación de las Abuelas, enfocadas en la búsqueda de los nietos apropiados.

Hoy, esa lucha continúa. A través de campañas y acciones colectivas, organismos como Abuelas de Plaza de Mayo, junto a colectivos como H.I.J.O.S. Capital e Indisciplinadxs, mantienen vigente la búsqueda de más de 300 nietos y nietas que aún no conocen su verdadera identidad.

Un reciente spot lo resume con claridad: “Te llamaron de otra manera pero tu identidad siempre estuvo ahí”. La historia ficcional de una niña apropiada, que en su adultez descubre la verdad, vuelve a interpelar a toda la sociedad. El mensaje final es directo y urgente: quienes hayan nacido entre 1976 y 1983 y tengan dudas sobre su origen, pueden acercarse a Abuelas.

A casi cincuenta años de aquella primera ronda, la persistencia de Madres y Abuelas no solo permitió visibilizar el terrorismo de Estado, sino también construir un camino de memoria, verdad y justicia que sigue siendo ejemplo en el mundo. Su lucha, nacida del dolor más profundo, se convirtió en una fuerza colectiva que aún hoy busca cerrar las heridas abiertas de la historia argentina.

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