Florencio Constantino, la voz de Bragado que todavía resuena en el País Vasco
Hay historias que sobreviven a sus protagonistas porque encuentran un lugar donde quedarse. La de Florencio Constantino es una de ellas. Más de un siglo después de su muerte, su figura continúa presente en Algorta, en el País Vasco, donde un busto recuerda al tenor que convirtió una vida marcada por los viajes, el esfuerzo y la música en una historia extraordinaria.
Fabio Roldán, desde España, recorrió el sitio donde permanece el homenaje a Constantino y puso nuevamente en escena la vida de un hombre cuya trayectoria quedó vinculada tanto a Euskadi como a la Argentina.
Constantino nació en Ortuella, en el País Vasco, y desarrolló una carrera internacional que lo llevó por distintos escenarios de Europa y América. Su nombre llegó a ser reconocido en el mundo de la ópera y, con el tiempo, también quedó profundamente asociado a Bragado, ciudad que lo adoptó y que hoy conserva buena parte de su legado.
Pero antes de convertirse en una figura de la lírica internacional, hubo un regreso al origen. Después de recorrer distintos lugares del mundo, Constantino se instaló durante un período en Algorta, donde los médicos le habían recomendado permanecer. Allí murió en 1919. El recuerdo de aquellos años quedó ligado al lugar que habitó y a una comunidad que, décadas después, decidió perpetuar su memoria.
El Ayuntamiento de Getxo resolvió homenajearlo con un busto en la zona donde había vivido. La documentación histórica del municipio registra además la denominación de la denominada Campa del Tenor Constantino, un espacio que lleva su nombre y que convirtió la memoria del artista en parte del paisaje cotidiano de Algorta.
La escultura, realizada en 1986, es hoy mucho más que una pieza urbana. Es una señal de identidad y, también, un puente con una historia que cruza el Atlántico.
Porque la vida de Constantino no terminó en el País Vasco. Su vínculo con la Argentina fue determinante. En Bragado encontró otro de los grandes capítulos de su historia y allí, con el paso de los años, su figura se transformó en patrimonio cultural de la ciudad.
La recuperación de su legado tuvo además un protagonista fundamental: Julio Goyén Aguado, quien dedicó años a investigar la vida del tenor y logró localizar sus restos en México. En 1986 fueron trasladados a la Argentina. Décadas más tarde, fueron depositados definitivamente en Bragado, en el espacio cultural que lleva el nombre de Constantino.
Así, la historia terminó construyendo una particular geografía de la memoria: Ortuella, donde nació; Algorta, donde vivió sus últimos años y donde todavía se lo recuerda; México, donde permanecieron sus restos durante décadas; y Bragado, la ciudad argentina que lo convirtió en uno de sus símbolos.
La distancia entre esos lugares es enorme. La memoria, en cambio, parece haber encontrado una manera de acortarla.
En una época en la que los nombres de las grandes figuras suelen quedar reducidos a una fecha, una fotografía o una placa, el caso de Constantino ofrece algo diferente. Su presencia permanece en las calles, en los libros, en los escenarios y en los relatos de quienes todavía se ocupan de contar su historia.
El busto de Algorta funciona, entonces, como una pequeña puerta hacia un pasado mucho más grande. Frente a él no sólo aparece la figura de un tenor: aparece la historia de un hombre que hizo de su voz una forma de viajar y que, más de cien años después de su muerte, continúa siendo recordado a ambos lados del océano.